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Qué cosa tan seria Imprimir E-mail
  
Lunes, 10 de Agosto de 2009 13:02

 

 

El destino y la muerte no son más que fatalidades, son una pareja en medio de días que no han encendido, son como esos bares con las sillas encima de las mesas y los hombres barriendo a las diez de la mañana de un comienzo de semana cualquiera, el mismo destino y muerte que acompañan a un hombre solitario fumando pielroja y pidiendo el siguiente rocksito. Un hombre llamado Rafael Chaparro Madiedo.

 

 

 

 

 

 

 

Lo primero que leí de Rafael Chaparro Madiedo fue durante una tarde de chat. Una artista, amiga mía, tenía como mensaje personal en su cuenta de messenger el siguiente texto: “Me produjiste el mismo efecto de la heroína, porque cuando te vi me dieron ganas de inyectarme tu nombre en mis venas”. Pregunté quién era. Ella respondió: Viejo, como me dijo un amigo, era un escritor que quería ser gato y que escribió una fabulosa novela que se llama Opio en las nubes, léetela, te la recomiendo. Dos días después, luego de ir a la Biblioteca Departamental, faltaron sólo dos horas para saber que Opio en las nubes era fruto de la genialidad de un gran joven escritor bogotano.

 

 

Rafael Chaparro Madiedo fue uno de esos jóvenes con el afán como azar, pero sin urgencia, medido, pacífico, como el humo de todos los pielrojas que se consumieron con sus pensamientos. Nació en el 63 y tristemente murió a causa de tuberculosis cutánea tres años luego de recibir el premio del Concurso Nacional de Literatura, en 1995, con Opio en las Nubes.

 

Chaparro hoy en día representa el típico escritor urbano, el que introduce su cabeza en el infierno y allí abre sus ojos. Es un componente crucial del ambiente nocturno, callejero, juvenil, whiskero. En Chaparro, su vida y su estilo literario, se conjugan la versatilidad de lo banal, de lo seguro y no lo incierto. La vida de Chaparro es una filosofía a medio hacer, cercenada a los 32 años, con pintas de grandes interpretaciones del mundo, del amor, del concepto de ciudad, de Bogotá como la ciudad del tiempo, del futuro, del presente y el pasado.

 

En las consciencias humanas y animales de sus personajes se albergan la huida, el desasosiego, la sangre, el alcohol, la melancolía, el superamor, la espera, la ridiculez, lo social, los problemas, sus soluciones, la juventud, el desprecio y el precio de vivir. Y más allá de personajes, de esfuerzos físicos, más allá de una realidad, encontramos un estilo sufriente entre las líneas de Opio en las Nubes, un régimen renovador para la literatura colombiana. Andrés Caicedo lo hizo en los setenta, y dos décadas después Chaparro interviene. Un estilo literario propio de los poetas malditos, con pincelazos de Rimbaud y Baudelaire, con trastiempos a la deriva, con luces en las esquinas, con calles imprecisas y reglas sin ley. Esa manera de tomar al toro por los cuernos, esa manera de impresionar al lector convirtiéndose en animal, en gato. Un gato que ama a las mujeres, que entiende el mundo, que escribe, fuma y continúa escribiendo. Mierda, que cosa tan seria, escribiría Chaparro.

 

Era un tipo dueño de sí, con rasgos felinos en medio de un ser humano excepcional. Para Rafael Chaparro Madiedo la muerte era algo más que seguro. Significó una corriente oscura dentro de su novela, y también de su vida. La apreciación que tenía de la vida lo hacía un hombre distinto, quizá con cabeza fría en una ciudad vertiginosamente caliente en sus noches de bar de bar.

 

Pero muchos se preguntarán si Opio fue la única muestra de esa trascendental y buena literatura que los jóvenes devoraban palabra por palabra, línea por línea, capítulo por capítulo, bar por bar, whisky por whisky, trip trip trip por trip trip trip, ese mismo trip trip trip de su personaje Pink Tomate, que Chaparro arrebató del tema musical 10:15 Saturday Night de The Cure. La respuesta varía mucho, pues en un principio Chaparro sí escribió más que Opio en las Nubes. Una muestra de ello es su novela inédita El Pájaro Speed y su banda de corazones maleantes, al igual que la colección de cuentos titulada improvistamente Siempre es saludable perder sangre. Estos trabajos literarios permanecen en propiedad de sus familiares y quienes fueron personas cercanas en su momento.

 

 Virus Cocker


Este fue el seudónimo que utilizó Rafael Chaparro para participar en el Concurso Nacional de Literatura con su novela Opio en las Nubes. Un seudónimo que deja entre ver un poco esa personalidad fresca, liviana, que definirían en una entrevista en el diario el Tiempo poco después de ganar el Premio con Opio, un Chaparro que diría, Soy de Cocacola, aspirina y neón. El mismo mundo pero a otra fugacidad, a otros conceptos, a millones de posibilidades transcritas, tanto en Opio como en el diario la Prensa, donde se desenvolvió como periodista durante varios años.

 

El destino y la muerte no son más que fatalidades

 

Hoy cuando al mundo lo mueve la supervivencia, la lucha por existir y el tráfico de engaños, sólo quedan los recuerdos de esos hombres que primero fueron escritores y luego seres humanos, recuerdos albergados en vasos de licor, en labiales rojos, en un realismo técnicamente urbano y un rock que viene siendo el eco de la historia del mundo. Recuerdos es de lo que vivimos quienes no entendemos la precocidad de la muerte en vidas llenas de encanto, sensatez, entendimiento y humildad. Incomprensión hacia las fatalidades, hacia los vacíos existenciales que los jóvenes tratamos de llenar con novelas como éstas, como Opio, como vidas furtivas engalanadas por la muerte y sostenidas en el tiempo por lo que en un principio debieron significar, la eficacia, lo perfecto.

 

Aún así los jóvenes creemos que allá en ese Chapacielo, el cielo donde se desarrolla Opio, debe estar Rafael escribiendo lo que le faltó escribir, imaginando bares, mujeres bellas, debe estar rezando por Amarilla, por los gatos, por el Dios de turno, por la heroína, por sus casi treinta y dos años en la tierra, por las botellas de whisky, por los senos y las nalgas de las mujeres, por Jim Morrison, debe estar rezando por el opio y por quedarse en los cielos toda la eternidad, debe estar allá con su lenguaje único, con su Pájaro Speed y su banda de corazones maleantes, con su ciudad, sus calles y sus noches, allá en ese tejado azul invadido de nubes Rafael Chaparro Madiedo descansa(¿?), mirando este mundo y aterrado diciendo: Mierda, que cosa tan seria

 

 
 

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