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La gran mayoría de los colombianos habrá escuchado alguna vez el término “malicia indígena”, que es utilizado para calificar a las persona con la agudeza mental suficiente como para sacar partido de cualquier situación con métodos éticamente discutibles; es curioso que esa viveza hoy en día, esté por encima de la de cualquier indígena que haya pisado o pise nuestro territorio.
Con esta idea crecimos, aún sin saber de dónde rayos salió eso de la ilegalidad del pueblo indígena, la hemos llevado a cuestas durante muchos años hasta convertirla en un monstruo titánico del que no se escapa nadie y que todos lo asumen como algo natural. Hemos estado sobre el lomo de este animal para nuestro propio beneficio y que digan lo contrario los que han pasado exámenes con trampa, los que obtienen descuentos especiales del estado certificando un estilo de vida que no llevan, aquellos que tramitaron su visa a punta de mentiras, también los que llegaron a un trabajo por tráfico de influencias sin olvidar por supuesto la evasión de impuestos y muchos otros innumerables casos, que le han dado a nuestra sociedad una tradición de “malicia indígena” que no sólo nos hace ver mal, sino que deja a los indígenas como la peor escoria de América.
Hace algunos días mientras abordaba un bus del transporte masivo en una estación, una mujer entró a los empujones, se hizo a un sitio en la fila estrujando a varias personas en su andar; aunque esta situación ya es tristemente cotidiana, después le escuché dar una explicación digna de girar en un sanitario junto con algunos elementos que giran con regularidad al tirar la cadena:
“yo antes hacía fila pero la demás gente no, entonces tengo que volverme como los demás”.
Si en algo tan básico como hacer una fila tenemos una motivación tan atroz, qué podemos esperar de los acontecimientos a gran escala que influyen en el desarrollo de nuestro país?.
Todos los campos de la vida cotidiana están contaminados por esta tendencia virulenta y malsana: el núcleo familiar, las relaciones de pareja, los grupos sociales de la vida real y virtual e incluso los espacios de entretenimiento más triviales, tienen esa pequeña cuota que hace desconfiar a muchos, haciendo esto tan cotidiano que la simple apariencia de rectitud genera un inmediato sentimiento de intranquilidad.
Nuestra educación ha sido inconclusa, nos enseñaron a seguir el ejemplo, pero no nos quedó claro cuál; por eso hoy en día somos aviones, engañamos, inflamos presupuestos para sacar tajada, sobornamos guardas de tránsito y lo peor de todo… nos importa un bledo.
Es claro que no todos hacemos todo mal, pero en conjunto, somos peores que la peste negra y seguimos empeorando.
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